Años exigiendo resultados que nunca iban a llegar.
El error era mío.
Durante mucho tiempo exigí resultados que nunca llegaban.
Personas que entraban a trabajar conmigo, con energía, con ganas, y a las pocas semanas ya estaban perdidas. Yo frustrándome. Ellos frustrados. Y yo sin entender por qué, si eran buenas personas, si querían hacerlo bien, las cosas no salían.
El problema no era ellos.
Era yo.
Ray Dalio lo llama amor exigente.
La idea es simple: no puedes exigir sin amar. Y no puedes amar sin ser honesto. La exigencia sin afecto es solo presión. Y la presión sin dirección solo aplasta.
Pero hay algo que Dalio da por sentado y que yo aprendí de la peor manera.
No puedes exigir si la persona no tiene claridad.
Yo llegaba con el resultado en la cabeza. Sabía exactamente lo que quería. Y asumía que el otro también lo sabía, o que lo iba a deducir, o que con el tiempo lo iba a entender.
Error.
La claridad que tú tienes sobre lo que quieres no se transfiere sola. No por osmosis, no por intuición, no porque la persona sea inteligente.
Si no la dices, no existe.
Y yo no la decía. Daba instrucciones a medias, contexto incompleto, objetivos que para mí eran obvios y para el otro eran un acertijo.
Luego exigía. Y me preguntaba por qué fallaba.
Hoy antes de exigir cualquier resultado me hago una pregunta: ¿esta persona tiene el 100% de claridad sobre lo que debe hacer?
No el 80. No el 90. El 100.
Si la respuesta es no, el problema siguiente es mío, no suyo.
La exigencia sin claridad no es liderazgo. Es ruido con autoridad.
Esto aplica en tu equipo. Aplica con tus clientes. Aplica contigo mismo cuando no avanzas en tu negocio y no entiendes por qué.
¿Tienes claridad real sobre lo que tienes que hacer esta semana?
Si no, antes de exigirte resultados, dátela.
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PD. Buen fin de semana. Descansa. Pero el lunes, claridad primero.


