En 2014 fundé mi primera empresa. Se llamaba UPA — Unos Panas Ahí. Éramos cuatro personas en una mesa de coworking, con dos clientes y una energía que solo se tiene cuando uno no sabe todavía lo que le espera.
Pasé de ganar 20 dólares al mes como empleado, a ganar 100 al mes como dueño. Para mí eso era una locura de éxito. Después llegó el primer cliente grande y me fui a 500 al mes. Cinco veces más. Seguía siendo poca plata pero era MI plata, y eso se siente diferente.
Lo que no te dicen es lo que viene después.
Empecé a trabajar fines de semana. Después las noches. Después las comidas. Llegué al punto en que contestaba llamadas de clientes desde el baño, literal, sentado en la poceta, con cara de “todo está bajo control” porque tenía miedo de que si no contestaba al primer ring, ese cliente se iba. Yo lo llamaba compromiso. En realidad era miedo.
Años así.
Varios.
Hasta que entró otro cliente grande y con él llegaron los ataques de ansiedad. Fuertes. Mal humor permanente. Dolores en el pecho. Impotencia sexual (sí, eso también, porque el estrés no hace excepciones). Mis papás me decían todo el tiempo que bajara dos. Mi pareja de ese entonces terminó metida en los proyectos, lo que no se mezcla bien con ninguna relación. Y con mi socio, hoy uno de mis mejores amigos, empezaron las peleas.
Un día fui a ver a un cardiólogo. Amigo de mi tío. Fui solo.
Me dijo que tenía la tensión altísima, al borde de la hipertensión. Y me dijo algo que todavía recuerdo exacto: “Si llegas a cierto punto no hay vuelta atrás. Te va a dar un infarto antes de los 30.”
Treinta años. Estaba lejos de cumplirlos.
Ahí paré.
De verdad paré.
Empecé a leer estoicismo. Filosofía. Y entendí algo que suena simple pero que yo tardé años en procesar: si yo no estoy bien, nada a mi alrededor va a estar bien. El negocio no, la familia no, las relaciones no. Nada.
Lo que me quedó de esa época y que hoy repito cada que puedo: las emergencias no existen en el trabajo, solo en tu salud. Trabajar PARA la empresa es una cosa. Trabajar EN la empresa los fines de semana, sacrificando tu cuerpo y tu gente, es otra completamente diferente. Y no le importas tanto a los clientes como para que el mundo se frene si tardas 20 minutos en contestar.
Conté esta historia en Fuckup Nights en Gofest la semana pasada. Sala llena. Y lo que más me llegó fue la cantidad de gente que al terminar me dijo:
“yo me vi ahí.”
Si te viste ahí también, ya sabés que no eres el único.
Roberto Romero


