Detrás del líder, del CEO, del emprendedor
hay una persona que también tuvo miedo.
Cuando llegué a mi casa ese día y la encontré a ella, nos abrazamos.
Y ahí, en ese abrazo, se me cayó todo lo que había sostenido en los últimos minutos.
El modo piloto automático que te mantiene funcionando cuando el miedo es demasiado grande para procesar en tiempo real — se apagó.
Y quedé yo.
Sin el rol de líder. Sin el rol de CEO. Sin el rol de nada.
Solo un tipo que acababa de pasar uno de los sustos más grandes de su vida.
Los días que siguieron fueron extraños.
Ayudé al equipo. Coordiné cosas. Publiqué contenido útil. Estuve presente para quien lo necesitaba.
Y en medio de todo eso, en los momentos quietos, me preguntaba: ¿y yo cuándo proceso esto?
Hay un error que cometemos los que estamos acostumbrados a resolver cosas.
Creemos que procesar es algo que le pasa a los demás.
Que nosotros estamos bien. Que nosotros podemos seguir. Que el dolor tiene que esperar porque hay cosas más urgentes.
Y el dolor no espera. Lo dejas para después y aparece de otra forma — en el mal humor sin razón aparente, en el insomnio, en la sensación de que algo está desconectado pero no sabes qué.
Hubo noches que no dormí bien. Días que el ruido me ponía nervioso más de lo normal. Momentos que abría Instagram y lo cerraba sin saber por qué.
Eso no es debilidad. Es el cuerpo procesando algo que fue real.
La diferencia entre sostenerse y avanzar es saber que las dos cosas son necesarias.
Primero te sostienes. Luego avanzas.
Pero no puedes saltarte el primero porque se vea más productivo ir directo al segundo.
Date permiso de no estar perfectamente bien todavía.
Eso también es parte de reconstruir.
PD: Le pregunté a mi esposa cómo estaba ella de verdad, no como respuesta de cortesía. Tardó un rato en contestar. Eso me dijo todo. A veces la mejor cosa que puedes hacer por alguien es hacerle la pregunta y quedarte quieto esperando la respuesta real.


