Dices que no tienes tiempo.
Pero ayer viste dos horas de Netflix.
El problema no es el tiempo.
Nunca fue el tiempo.
El problema es que llevas meses diciéndole sí a cosas que no importan y luego te sorprende que no avanzas en lo que sí importa.
Reuniones que no necesitaban tu presencia. Conversaciones que no llevaban a ningún lado. Tareas que alguien más podía hacer o que simplemente no había que hacer.
Todo eso tiene nombre. Marco Aurelio lo llamaba lo inessencial. Y decía que eliminarlo no era opcional — era la condición para hacer bien lo que sí valía la pena.
Cada sí que das a algo que no importa tiene doble costo.
Uno: el tiempo de hacerlo.
Dos: el tiempo que no le dedicaste a lo que sí movía la aguja.
Pagas dos veces. Y casi nunca lo calculas así.
Decir que no no requiere explicación.
Eso es lo que más cuesta entender.
Sentimos que debemos justificar cada cosa. Que si no damos una excusa suficientemente buena, somos maleducados, poco comprometidos, malos compañeros.
Mentiraaaaaaaaa.
Un NO sin explicación dicho con calma es una de las señales más claras de que alguien sabe exactamente para qué está aquí.
La pregunta antes de decir sí a cualquier cosa esta semana:
¿Esto mueve lo que quiero mover?
Si tienes que pensarlo más de tres segundos, la respuesta es no.
Roberto Romero
PD: Las personas que más respetas probablemente dicen que no con más frecuencia de lo que crees. No es coincidencia.


