El 24 de junio sí pasó.
Y todavía me cuesta creerlo.
Estaba a punto de entrar a clase en el gimnasio, en Los Palos Grandes.
Entonces empezó todo.
El suelo se movió y no paró. Vi partes de edificios caerse. La gente corría sin saber para dónde. Yo agarré el teléfono y llamé a mi esposa.
Contestó desesperada.
“Tengo demasiado miedo.”
Esas 3 palabras me partieron en dos.
Ella estaba sola en casa. Yo estaba del otro lado de la ciudad. Y el suelo seguía moviéndose.
Manejé como pude. No recuerdo bien esa parte. El cerebro hace cosas raras cuando el miedo es de ese tamaño. Llegué. La encontré. Nos abrazamos.
Daños menores en casa. Nosotros bien.
Esa noche entrando en redes sociales entendí que lo que nosotros vivimos fue miedo. Lo que vivieron otros venezolanos fue catástrofe.
En los días que siguieron, hubo momentos en que me desconectaba de todo y pensaba: fue una pesadilla. No pasó.
Pasó.
Y una de las cosas más difíciles — y más necesarias — es aceptar eso.
No para quedarse paralizado en el dolor. Sino porque no se puede construir sobre algo que uno no termina de ver.
Los estoicos tenían un ejercicio para esto. Lo llamaban amor fati — amar lo que es, incluso cuando duele. No como resignación. Como punto de partida real.
Esto pasó. Venezuela lo vivió. Y ahora toca hacer lo que siempre hemos hecho: reconstruir.
Este mes, el contenido de De Forma Simple va a estar dedicado a eso.
A cómo procesar esto desde adentro. Mindset, estoicismo, filosofía, metodologías que sirven cuando el mundo se sacude y hay que volver a ponerse de pie.
Porque un negocio no crece desde el pánico. Crece desde la claridad. Y la claridad hay que construirla.
No estás solo en esto.
Si quieres conversar, hablar de lo que viviste o simplemente saber que hay alguien al otro lado, estoy en Instagram: @soyrobertoromero.
La comunidad está aquí.
PD: A todos los que lo perdieron todo: no los olvidamos. A seguir ayudando a quien lo necesita.


