El lunes después del terremoto nadie tenía cabeza para trabajar.
Y eso está bien.
La semana después del 24 de junio, convoqué a mi equipo.
No para hablar de proyectos. No para revisar métricas. Para preguntarles cómo estaban.
Algunos estaban relativamente bien. Otros cargaban historias que no habían terminado de procesar. El miedo todavía instalado en el cuerpo.
No había forma de empezar a trabajar sin pasar primero por ahí.
Hicimos una retrospectiva diferente.
Empezamos con ejercicios de respiración. Algo que normalmente en una reunión de trabajo se sentiría raro. Ese día no se sintió raro. Se sintió necesario.
Hablamos. Nos escuchamos. Nadie fingió que estaba perfectamente bien.
Y después de eso, tomamos una decisión: volvemos, pero al 50%.
No porque seamos menos productivos. Sino porque el otro 50% de la energía tiene que ir a procesar lo que pasó, a apoyar a quien lo necesita, a estar presentes para la familia, para el vecino, para el país.
No puedes pedirle a alguien que dé el 100% profesional cuando su mundo acaba de temblar literalmente.
Desde el lado de la tecnología, empezamos a construir plataformas para apoyar los esfuerzos de ayuda.
Porque eso es lo que sabemos hacer.
No todos podemos ir a levantar escombros. Pero todos podemos aportar desde donde somos fuertes.
Un médico aporta medicina. Un cocinero aporta comida. Un comunicador aporta información. Nosotros aportamos tecnología.
El liderazgo en una crisis no es empujar al equipo a seguir normal. Es entender que “normal” ya no existe por un tiempo. Y crear las condiciones para que la gente pueda funcionar dentro de esa nueva realidad.
Tu equipo no necesita que finjas que todo está bien. Necesita verte procesar esto igual que ellos.
PD: Si tienes un equipo y todavía no has preguntado cómo están de verdad — no cómo va el trabajo, cómo están ellos — hoy es un buen día para hacerlo. Antes de cualquier otra reunión.


