Ese día yo tampoco sabía qué hacer.
Y lo dije.
Hay una imagen del liderazgo que la mayoría aprendimos de algún libro malo o de alguna película de Hollywood.
El líder que en la crisis aparece sereno, con el plan claro, diciéndole a todos qué hacer mientras el mundo se cae.
El 24 de junio yo manejé en pánico por Caracas sin recordar exactamente cómo llegué a mi casa.
Ese es el líder real.
Cuando le escribí a mi equipo esa semana, no les escribí con respuestas.
Les escribí con preguntas.
¿Cómo están? ¿Qué necesitan? ¿Qué podemos hacer juntos?
No porque sea una técnica de liderazgo que aprendí en algún curso. Sino porque genuinamente no tenía más que eso.
Y algo pasó cuando lo hice así.
El equipo se abrió de una forma que no pasa en las reuniones normales. Porque cuando el líder baja la guardia, todos pueden bajarla. Cuando el líder finge que está bien, todos fingen que están bien. Y fingiéndolo nadie procesa nada.
Lo que aprendí de esto — o más bien lo que me confirmó — es que liderar no es saber más que todos.
Es estar dispuesto a estar en el mismo lugar que todos cuando la situación lo exige.
A sentir lo mismo. A no tener la respuesta. A decirlo.
El liderazgo que inspira no viene de la distancia. Viene de la cercanía.
Tu equipo no necesita que seas indestructible. Necesita saber que cuando las cosas se ponen difíciles, vas a estar — con miedos y todo — pero vas a estar.
Eso es lo que recordarán de ti cuando esto pase.
No el plan de contingencia. No el discurso motivacional.
Si estuviste o no estuviste.
PD: Los líderes que más he admirado en mi vida no eran los que nunca se quebraban. Eran los que se quebraban en frente de todos y seguían de pie.


