Estaba sentado cerca de dos señoras.
No quería escuchar, pero no pude evitarlo.
Una le contaba a la otra que su hijo quería estudiar medicina.
Y la madre decía
“Es que él es muy flojo. Se para tarde. Siempre ha sido así. Yo se lo he dicho. Por eso no debería.”
“No quiero destruirle sus sueños, pero es la realidad.”
Ella creía que estaba siendo honesta.
Que era una madre realista.
Que le hacía un favor al hijo diciéndole la verdad antes de que la vida se la dijera.
Lo que no estaba viendo es que ella era la que estaba construyendo esa realidad.
Nadie se levanta con ganas a las 6am para ir al colegio.
El colegio es aburrido. Es repetitivo. No le importa tu opinión. No te pregunta qué quieres aprender.
Un adolescente que se queda en la cama no es flojo.
Es un adolescente.
Pero si su madre le dice “eres flojo” suficientes veces, él deja de preguntarse si es verdad.
Lo acepta.
Lo incorpora.
Se convierte en su identidad.
Y luego ella no entiende por qué el muchacho no tiene motivación para nada.
El lenguaje no describe la realidad.
La construye.
Lo que te repites sobre ti mismo —y lo que te repiten los que te quieren— termina siendo el techo de lo que crees que puedes hacer.
“Siempre he sido desorganizado.”
“Yo no soy bueno para los números.”
“No soy de los que tienen suerte.”
Esas frases no son descripciones.
Son condenas que tú mismo ejecutas.
Una pregunta incómoda para hoy:
¿Qué te estás diciendo sobre ti mismo que ya dejaste de cuestionar?
No el pensamiento de hoy.
El que llevas años repitiendo como si fuera un hecho.
Ahí está el techo.
PD: Si tienes hijos, empleados, o cualquier persona que dependa de tu opinión: cuida lo que dices. No como consejo de crianza — como advertencia de impacto. Lo que salga de tu boca sobre ellos, ellos lo van a cargar.


