Hice un experimento raro la semana pasada.
Durante tres días caminé encorvado. Deliberadamente. Cabeza abajo, hombros caídos, mirada al piso. Y cada noche lo anotaba en mi diario: cómo me sentía, cómo me trataba la gente.
El resultado fue incómodo.
Me sentía apagado. Las conversaciones eran cortas. Las mismas personas con las que hablo todos los días no mostraban interés. Me trataban diferente y yo no había cambiado nada de lo que decía — solo la postura.
Los siguientes tres días hice lo contrario. Me paré derecho. Hombros atrás. Mirada al frente.
La gente que me había ignorado me prestaba más atención. Las conversaciones duraban más. Yo me sentía con energía sin haber dormido diferente, sin haber comido diferente, sin haber hecho nada diferente.
Peterson explica esto en el libro que estamos leyendo en el Club de Lectura.
Habla de las langostas. Llevan 350 millones de años usando serotonina para medir jerarquía. El que gana una pelea produce más serotonina, se para más erguido, ocupa más espacio, gana la siguiente pelea. El que pierde produce octopamina — la molécula de la derrota — y se encoge. Los humanos tenemos el mismo sistema y tiene la misma antigüedad.
Tu postura no es estética. Es una señal que le mandas a tu propio cerebro y al cerebro de todos los que te rodean al mismo tiempo.
Párate derecho con los hombros hacia atrás.
No porque se vea bien. Porque le dice a tu sistema nervioso que ganaste, antes de que pase nada.
Roberto Romero
PD: Este libro lo estamos leyendo en el Club de Lectura. Cada semana una regla aplicada. Sin resumen, sin academia — solo lo que puedes usar esta semana. La membresía es $27.99/mes. Entra aquí.


