Mi amigo me dijo tres palabras
que cambiaron cómo opero todo.
Roberto Blanco me dijo algo hace un tiempo que no se me ha ido de la cabeza.
Tres palabras.
Colabora con lo inevitable.
La primera vez que lo escuché pensé que era una forma elegante de rendirse.
No lo es.
Colaborar con lo inevitable es lo opuesto a rendirse.
Rendirse es soltar y no hacer nada.
Colaborar con lo inevitable es aceptar la realidad exactamente como es — sin negociarla, sin minimizarla, sin esperar que cambie sola — y desde ahí, moverse.
La diferencia es enorme.
El problema es que duele.
Porque colaborar con lo inevitable exige admitir cosas que no quieres admitir.
Que ese proyecto no está funcionando. Que esa persona no es la correcta para ese rol. Que ese modelo de negocio tiene un techo y ya lo tocaste. Que esa relación llegó a donde llegó.
El instinto es resistir. Convencerte de que si empujas un poco más, si esperas un poco más, si cambias un detalle más, la realidad va a ceder.
La realidad no cede.
Tú eres el que termina cediendo. Agotado. Tarde. Con más daño del que habría habido si hubieras colaborado antes.
Cuando tomé esta frase como bandera algo cambió en cómo tomo decisiones.
Dejé de gastar energía peleando contra lo que ya era obvio.
El cliente que no iba a comprar: dejé de insistir. El proceso que no escalaba: lo cambié en vez de remendarlo. La conversación difícil que era inevitable: la tuve antes.
Cada vez que me encuentro resistiendo algo, me pregunto:
¿Estoy colaborando con lo inevitable o estoy peleando contra la realidad esperando que cambie?
Casi siempre la respuesta me dice exactamente qué hacer.
Al principio duele porque implica soltar. Y soltar siempre duele antes de liberar.
Pero cuando lo conviertes en forma de vida, algo raro pasa.
Empiezas a moverte más rápido. Porque dejas de cargar el peso de lo que resistes.
Y toda esa energía que gastabas peleando contra lo inevitable se convierte en energía para construir lo que sí puede pasar.
Gracias, Tocayo.
PD: La frase no es pasividad. Es precisión. El que colabora con lo inevitable no acepta menos. Acepta la realidad primero — y desde ahí va a por todo.


