Sé exactamente qué debería pensar. Y aun así me cuesta.
He leído a los estoicos. Aplicado los consejos. Sigo sin resolverlo del todo.
Te voy a ser honesto con algo.
Me importa lo que la gente piensa de mí.
He leído a Marco Aurelio, a Seneca, a todos los que te explican por qué la opinión ajena no merece tu atención. Lo entiendo. A veces incluso lo vivo.
Y aun así hay momentos en que publico algo y espero la reacción. Momentos en que el miedo a quedar mal pesa más de lo que debería.
No lo estoy superando. Lo estoy trabajando. Que no es lo mismo.
Lo primero que aprendí: el problema no es sentirlo. Es creer que no deberías sentirlo. Somos animales sociales. Que tu cerebro reaccione a la opinión ajena no es debilidad. Es fisiología. El trabajo no es apagar el sensor. Es no dejar que el sensor maneje el volante.
Lo que a mí me ha ayudado, sin prometerte que lo resuelve:
Preguntarme quién específicamente. Casi nunca tengo respuesta concreta. Es una masa de gente imaginaria que no existe.
Hacer primero, sentir después. No espero a no tener miedo para actuar. Publico con el miedo. La acción no elimina la incomodidad pero le enseña al cerebro que sobreviviste.
Construir un criterio propio sólido. Cuanto más claro tengo lo que valoro y por qué, menos espacio queda para que la opinión externa llene ese hueco.
No tengo la respuesta completa. Si la tuviera no estaría escribiendo esto.
A veces el coraje no es no tener miedo. Es publicar igual.
¿A ti te pasa? ¿Qué has encontrado que funcione? Te leo.

